Estáis acomplejados por el fascismo

No me lo dijo un politólogo. Ni un historiador. Fue algo mucho más directo, más sincero. Más sangrante. Esta frase me la espetó una chica italiana, rubia, bellísima, una verdadera femme fatale cuyos indudables encantos no aliviaron la dureza de una frase cuyo sentido he tardado tres años en descubrir.

Las frases lapidarias no siempre surgen en el entorno adecuado. Lo natural es que nazcan tras un fructífero debate, como síntesis dialéctica entre contendientes expertos en la materia de que se trate, o bien sean expuestas directamente por quien acumula tanta erudición que recurre al ensayo (que no deja de ser un monólogo) al no poder contrastar sus opiniones con alguien que esté a la misma altura intelectual. Pero hay ciertas ocasiones en las que de manera espontánea y en el contexto más peregrino brota un pensamiento, una idea, con tanta fuerza y sentido común concentrado, que todos los presentes no pueden sino ignorar el comentario, trivializarlo, reducirlo al común denominador de nuestras banales conversaciones cotidianas.

Algo así me ocurrió en el verano de 2010. Me hallaba en Verona, una de las ciudades más bellas que he visitado, en compañía de dos de mis mejores amigos, si no los mejores. Lo anterior era el perfecto contrapunto para intentar paliar mi estado anímico, que por aquella época se encontraba sin duda en el punto más bajo que recuerdo. Así que mis amigos me zarandeaban de aquí para allá, haciéndome olvidar lo que de romántico hay en la historia de Romeo y Julieta a golpe de cruda realidad, cerveza fría y vino del Véneto.

De esta guisa me veía con mis compañeros en divertida procesión por la piazza delle Erbe y luego por la piazza del Signori,  yo arrastrando mis pies por los impresionantes suelos de piedra y mármol que caracterizan el casco antiguo de tan coqueta urbe. Hasta que llegamos al Anfiteatro, a la famosa “Arena” de Verona, célebre entre otras cosas por sus festivales de ópera, que precisamente tenían lugar en aquellos aciagos días. No sé cómo ni por qué, pero acabamos en un restaurante que había en frente de aquel vestigio monumental de la Roma clásica autoinvitándonos a una fiesta de cumpleaños de una de las camareras del local en cuestión. La camarera se llamaba Jessica, y aunque era italiana parecía española, no sólo de aspecto (al fin y al cabo todos somos latinos) sino por su perfecto dominio del castellano y del catalán. Más tarde me confesó que había vivido varios años en Barcelona.

Jessica cumplía años aquella noche, y quizás por el hecho de que nosotros éramos españoles, de que España acababa de ganar el mundial de fútbol (ella vestía una bandera de la selección a modo de pareo) y de la desvergüenza que nos caracteriza, decidió invitarnos a su fiesta. “Esperad a que termine el servicio de comidas y luego os quedáis dentro, que vamos a cerrar el local y en cuanto se largue el jefe montamos la mejor fiesta que hayáis visto jamás”.

Y así hicimos. La fiesta fue un despropósito, una verdadera celebración digna del mismo Baco. Entre risas, gente, alcohol y otras cosas, los tres mosqueteros que allí nos presentamos hicimos, como es habitual, gala de nuestra condición de impresentables. Todo acabó al amanecer, nublada la memoria a base de desayunar chupitos de un impronunciable vodka azul y con innumerables visitas al baño, que aquel día de “inodoro” tuvo poco.

En mitad de la noche recuerdo que Jessica, a la que más arriba he descrito como portadora de un atractivo arrollador (y siempre me quedaré corto en ese sentido), nos confesó que se había apostado con un amigo que si España ganaba el mundial ella llevaría la bandera como pareo durante dos meses. No sé de qué extraña manera acabó derivando la conversación en el tema de las banderas y los símbolos nacionales. Le dije que en España hay mucha gente reticente a identificarse con la bandera, y que la misma puede verse como un símbolo de patriotismo rancio. De fachas, como se dice hoy. Jessica me contestó que ella ya sabía el efecto que causa en los españoles el uso de las banderas (entonces fue cuando me dijo que había vivido en Barcelona varios años, o sea que sabía de lo que hablaba…), pero que no entendía por qué eramos así de tontos.

“Yo no estoy de acuerdo con lo que hizo Mussolini, pero me sé la letra del Himno de Italia porque es el de mi país”, dijo. “¿Tú sabes la letra del tuyo?”. Yo le contesté que no tenía, que lo nuestro era una marcha militar al que cada cual le ponía la sílaba que mejor le pareciera para tararearlo. En ese momento se puso firme, hierática, y comenzó a cantar nuestro himno con la siguiente letra:

¡Viva España!
Alzad la frente,
hijos del pueblo español
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria
que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol.
¡Triunfa, España!
Los yunques y las ruedas
canten al compás
nuevos himnos de fe.
Juntos con ellos
cantemos en pie
la vida nueva y fuerte
del trabajo y paz.
 

Cuando acabó, entre risas, le aseguré que ése no era la letra, que ése era el himno de los nacionales durante la Guerra Civil Española, y que no estaba muy bien visto cantarlo en la actualidad.

Fue en ese momento que tuvo lugar la frase que da pie a estos recuerdos deslabazados que ignoro por qué hoy saco a la luz. Yo pensaba que esa letra correspondía a cierto himno franquista que nuestros padres cantaban en los colegios, pero lo cierto es que se trata de la letra del poeta José María Pemán que compuso en 1928 por encargo de Primo de Rivera. Cierto es que años más tarde cambiaría algunas frases para hacerlas más del gusto del bando nacional que resultó vencedor (“Alzad los brazos” y “yugos y flechas”, por razones obvias).

Jessica nos miró con la superioridad de quien no es español, de quien está libre de prejuicios nacionales, y nos dijo: “Estáis acomplejados por el fascismo”. No recuerdo perfectamente sus palabras, pero continuó más o menos así: “En nuestro país también hemos tenido dictaduras y fascismo, pero podemos hablar de ello, discutirlo, criticarlo. No es un tabú, como ocurre con Franco en España (y no sólo en Barcelona), en el que a cualquiera que use una bandera española lo etiquetan de facha, como si la bandera o la misma palabra “España” no hubiera existido antes y después del Caudillo. Y no creáis que yo tengo estima por Franco o Mussolini. Soy comunista, y si entráis en mi cuarto veréis un poster del Ché Guevara y otro más grande con la hoz y el martillo. Pero eso no me impide cantar el himno de Italia o llevar la bandera de España, porque una cosa es el pasado, que hay que conocer, y otra el presente, que tenemos que vivir. En Italia tenemos en el Parlamento a una nieta de Mussolini, y prefiero tenerla allí, discutiendo, proponiendo y compartiendo su puntos de vista, a tenerla con los militares preparadas para un golpe de Estado. Ojalá apréndais los españoles a convivir con vuestro pasado y disfrutar de vuestro presente sin prejuicios trasnochados”.

Tres años he tardado en rescatar este discurso del olvido, enterrado como estaba entre las anécdotas inverosímiles de una nocha tan alocada como irrepetible. Pero hoy lo veo todo más claro y reconozco que, efectivamente, estamos acomplejados por el fascismo, por nuestro pasado, uno reciente y duro sin duda, pero que no podemos dejar que marque nuestras vidas más de lo necesario.

“A los españoles os gustan los vinos tintos Gran Reserva, fuertes, viejos y amargos. Los italianos preferimos vinos jóvenes, frescos y dulces, con los que es más fácil engatusar a una chica y llevarla al huerto”. Eso sentenció Jessica como conclusión de su improvisado análisis histórico y político. Entonces sonó la canción de Shakira del “Waka-Waka”, que estaba de moda por ser la canción del mundial, y Jessica se subió a la mesa a bailar como una posesa, lanzando el pareo a los escépticos espectadores de aquella danza frenética y quedándose en tanga durante unos escasos pero interminables minutos.

Y yo allí con el vodka como un gilipollas, madre, que cantarían Sabina y Krahe en la Mandrágora, mientras me preguntaba cómo era posible que tantos tertulianos y políticos estuvieran tan faltos de atractivo y sabiduría, en comparación con aquella humilde camarera de Verona…

 

 

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Categorías: Visiones fugitivas | 3 comentarios

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3 pensamientos en “Estáis acomplejados por el fascismo

  1. Lulu

    Que bonito relato erótico-político.

  2. Leon el Africano

    Amigo Harry aunque de eso se tratara, mi edad ya no me permite muchas licencias, excepción hecha de mi imaginación, que siempre espero tener, hasta que cierre los ojos en un día que no elegiré.
    Tu entrada a mí me da para más. Sólo decirte que la mayoría de los ciudadanos de este país que se llama España, somos estúpidos. Seguro que no soy original, porque de nuestra común estupidez ha hablado mucho y bien Arturo Perez Reverte.
    Decía bien la chica en su comparación con el vino “Grandes Reservas vs Vinos Frescos y Joven”, toda una metáfora del pasado frente al presente que se orienta hacia el futuro que es lo importante, pero sin perder de vista, para aprender, lo pasado. Lo que ocurre es que somos olvidadizos y estúpidos. Te diré mi porqué de tal rotunda afirmación. La Dictadura se apropió de un himno y de una letra durante 40 años, que son casi dos generaciones y esto crea “cultura” de desapego cuando nos llega el régimen de libertades y los políticos tratan de huir de cualquier identificación reciente que, en cualquier caso no resiste una historia más amplia, la de nuestro país, y en lugar de rescatar nuestras señas de identidad, despreciando a quien se las apropió sin más, que es lo que habría que hacer, despreciamos los instrumentos que fueron torticeramente utilizados. Es como si el fagot o el violín (me permito esta licencia haciendo honor al sentir de este blog), fuesen despreciados porque en su historia alguien no los hubiera utilizado bien. Nos hubieramos perdido a Mozart ¡vaya estupidez!
    Pero es que nuestros políticos (sobre todo nacionalistas) no paran de hablar del “Estado Español”, término acuñado durante el régimen franquista y que no tienen empacho en utilizar y ahora no hay miedo hacia este concepto, por qué, pues porque sirve bien y torticeramente, claro está, a sus intereses nacionalistas. ¡Vaya olvido!
    Hasta otra Harry.

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