El civismo que todos llevamos dentro

Ayer me encontraba por el barrio a la busca y captura de unas setas para preparar un risotto a unos amigos que veían a cenar a casa cuando presencié una buena muestra de civismo, morbo, ineficacia administrativa y pasividad social. Mientras llamaba por teléfono junto a un contenedor atiborrado de basura, un desalmado pasó a mi vera y soltó una colilla al montón de basura, dando inicio a un incendio que bien podría haber acabado en tragedia.

Todos los que vivimos en Madrid somos conscientes de que uno de los efectos más inmediatos de la huelga de limpieza que, por suerte, hoy llega a su fin, es la enorme cantidad de basura que se esparce por la ciudad. Rumores y leyendas urbanas hay de todo tipo, desde el que piensa que hay piquetes que impiden actuar a los servicios mínimos hasta los que acusan directamente a los promotores de la huelga de arrojar basura por las calles para patentizar su descontento y, a la vez, hacer más necesaria y urgente la respuestas a sus demandas. Yo no sé cual de estas afirmaciones es más cierta que otra, aunque no me extrañaría que, como siempre, todo fantasía parta de una pizca de realidad, aunque sea poca.

Cerca de una de estas montañas de basura me hallaba yo cuando alguien, creo que era un joven (no le presté atención, distraído como estaba yo hablando por teléfono), tiró una colilla o un papel encendido y se prendió rápidamente la basura. Juraría que previamente estaba rociada con algún material inflamable, porque la verdad es que ardió pronto.

Al principio no me di cuenta de lo que pasaba. Fue cuando, apenas unos segundos después, miré la pocilga en la que la calle se ha convertido en la última semana, que caí en la cuenta de que había un pequeño fuego a mi lado. Era del tamaño de un taburete, digamos que no más grande que la hoguera de una chimenea pequeña. Colgué el teléfono y dudé si pegarle una patada a la hoguera o no. Para mí desgracia y la de los vecinos, dudé demasiado. Cuando quise acordar, el fuego consumió toda la basura y empezaba a cebarse con el interior de los contenedores de papel y cartón.

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Ahora que veo la foto me parece irónico que la película que anuncia el cartel se llame “EN LLAMAS”. Pero bueno, sigamos el relato.

Digo que dudé demasiado, y quizás seas algo duro conmigo mismo. Apenas pasaron unos segundos, pero ahora sé que fueron los decisivos. Primero miré hacia los lados, para fijarme en quién había sido el “cívico” que nos había colocado (y a mí el primero) en aquella tesitura. Luego miré el fuego y calibré su tamaño así como las opciones que tenía. De nuevo desvié la mirada hacia la gente que transitaba, afanado inútilmente en encontrar a alguien que pudiera indicarme qué hacer. Como no había nadie que pareciera darse por enterado (algunos miraban y seguían caminando, como cuando se queman en el campo rastrojos de manera controlada), pensé en pegarle una patada a la masa de cartones ardiendo. Todavía era pequeña y quizás hubiera podido sacarla de allí, apartarla de la montaña de basura y así minimizar los efectos del incendio. Pero entonces tu cabeza te pregunta si es necesario que te arriesgues a quemarte, si no sería mejor llamar a los bomberos o la policía, o cualquier otra pregunta cuya única finalidad es procrastinar tu decisión para salvaguardar tu integridad. Al fin y al cabo, el cerebro no es tonto: mejor que se queme otro.

Decidí llamar al 091, y en menos de tres segundos me di cuenta que era la única opción que quedaba, pues el fuego creció de tamaño en un parpadeo, con una voracidad que te invitaba a alejarte corriendo lo antes posible. El humo negro, las llamaradas cimbreando como locas al son del viento, toda una montaña devorada por un fuego cada vez más rojo. Entonces me descuelga un policía y le indico que hay un incendio. Le digo la calle. Me mantiene a la espera. Me dice que espere un momento más. Le digo que avise a los bomberos rápido, que hay coches aparcados cerca y pueden arder (en ese momento no pensé que pudieran explotar). De nuevo me dice que espere. Dice que tiene que hablar con su superior. Vuelve a decirme que espere. Dos minutos más tarde, que parece poco tiempo pero que para el ansia destructiva del fuego es muchísimo, me dice que espere otra vez. Entonces llega un coche de la policía municipal. Se lo comunico a mi interlocutor telefónico (a esas alturas parecía un contestador automático atrancado en la frase “espere un momento”), y, de repente, me pide que le especifique qué tipo de policía ha llegado. Le digo que “son municipales”. ¿Municipales?, me pregunta. Sí, respondo, y acto seguido le digo, porque están llegando, que también veo un coche de los “nacionales”. Desde el otro lado del teléfono escucho un “¿Nacionales? Perfecto, entonces ya está todo. Buenas tardes”.

A partir de ahí, colgado ya el teléfono, y con un sentimiento de inutilidad sólo superado por el remordimiento de no haber atajado el incendio al principio, cuando quizás no fuera demasiado tarde, me acerqué a los policías para darles información sobre lo poco que sabía (que imaginaba, no obstante, que era mucho más de lo que ellos sabrían). Pero ellos estaban con los extintores en la mano, mirando la fogata y decidiendo quién de ellos empezaría a lanzar espuma. Parece que no se pusieron de acuerdo, porque estuvieron de esa guisa al menos cinco minutos, mirando, calibrando, cuestionando competencias, preguntándose, como hice yo antes, si no es mejor que se queme otro…

Cuando llegaron los bomberos la calle estaba ya atestada de vecinos curiosos que sacaban los móviles para inmortalizar aquel momento. Ojalá hubieran tenido una manguera. Yo, pensando en esta entrada, también aproveché el morbo ciudadano para sacar esta espectacular instantánea.

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Los bomberos, menos mal, acabaron con el incendio en poco tiempo. Sin embargo todos habíamos actuado demasiado lentos, y yo el primero. Los dos contenedores acabaron destrozados, y un coche que estaba aparcado al lado también se quemó.

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Los ciudadanos siguieron su camino como si nada. El espectáculo había terminado. Alguno descargó su ira diciendo en voz alta que habían sido los piquetes, mientras que otro le respondía que no había ningún piquete, que había sido un incendio fortuito.

Yo no sé en qué cojones pensaba el niñato que prendió fuego a los contenedores, si era sindicalista, de un piquete o directamente subnormal. Tampoco sé en que narices pensaba el funcionario que, al otro lado del teléfono, parecía más interesado en saber si la incidencia estaba siendo atendida por un cuerpo de policía u otro. Mucho menos me explico por qué los policías nacionales y municipales no apartaban sus disputas de atribución de competencias a un lado y se ponían manos a la obra (estuve a un tris de pedirles los extintores).

Pero lo que no me entra en la cabeza, de ningún modo, es por qué dudé cuando el fuego no era tan grande. Por qué sentí ese refreno que me conminaba a dejar que fueran “otros” los que solucionasen el problema. Por qué no me olvidé de mis zapatos o mi pantalón y me lié a patadas con la montaña de basura hasta alejarla de los contenedores.

Ojalá hubiera dado esa patada.

De hecho, ojalá se la hubiera dado en la cabeza a ese cívico ciudadano que, ya sea por ignorancia culposa o malintencionadamente, me ha obligado a escribir esta entrada en la que intento convencerme de que, al final, no fue culpa mía…

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Categorías: Visiones fugitivas | Deja un comentario

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