Las sinfonías de Beethoven: Sinfonía nº1 en Do mayor

Comienzo con esta entrada un grupo o serie que analizará las nueve sinfonías de Beethoven, un corpus musical que todo aficionado debería conocer. Para ello seguiremos, entre otros, la obra de George Grove “Beethoven and his nine symphonies” (Editorial Dover 1962, sobre la original tercera edición de 1898). Será un análisis breve (como corresponde al formato blog), alejándonos de excesivos tecnicismos y procurando en todo momento utilizar un lenguaje claro y accesible, de manera que los que desconozcan estas obras puedan acercarse a ellas y disfrutarlas sin prejuicios, mientras que los músicos (amateur o profesionales) que sí las han escuchado encuentren algo de interés que les suscite una nueva escucha, quién sabe si más crítica, profunda y placentera que las anteriores.

Las siguientes nueve entradas (una por cada sinfonía) me servirán como preparación para la maratón que algunos privilegiados tendremos ocasión de disfrutar el 22 de junio en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Dicho día, dentro del ciclo “TODO MÚSICA: Mucho Beethoven”, el Centro Nacional de Difusión Musical tiene previsto ofrecer las nueve sinfonías de Beethoven, todas seguidas, dirigidas por Jesús Cobos e interpretadas por la Orquesta Nacional de España, la Joven Orquesta Nacional de España, la Orquesta Sinfónica de RTVE y la Orquesta Sinfónica de Madrid. 14 horas de música casi sin interrupciones que sólo unos cuantos melómanos empedernidos (es decir, cuatro pirados, para que nos entendamos) podrán aguantar. Ni que decir tiene que un servidor que escribe se apunta a este deleite musical con sumo gusto, aunque acompañado de un amigo cuya falta de cordura no le va a la zaga (sí, Sergio, es así…).

Bueno, empecemos con el análisis.

SINFONÍA Nº1, EN DO MAYOR

Debido a las limitaciones de extensión que me he fijado, daremos por supuesto que conocemos qué es una sinfonía, cuáles son sus orígenes y que importancia tiene dentro del campo de las formas musicales. Explicar lo anterior excedería de los propósitos de esta entrada y la harían más larga y tediosa de lo que a buen seguro acabará siendo. Por ello, y en resumen, quedémonos con la idea de que la sinfonía es una obra musical para orquesta normalmente dividida en cuatro movimientos. Sus orígenes los encontramos en el siglo XVII, aunque no será hasta mediados del siglo XVIII que esta forma musical alcance su madurez, con papel destacado de la orquesta de Mannheim y las obras de algunos autores que pertenecieron a ella, como Johann Stamitz. Sobre esta base, los compositores de la llamada 1ª Escuela de Viena (Mozart, Haydn y Beethoven) terminaron de definir la forma de la sinfonía y la elevaron a cotas de calidad y madurez nunca vistas (u oídas) anteriormente. Gracias a la labor del último de los tres anteriores la sinfonía entra con paso decidido en el mundo del Romanticismo.

Vayamos, pues, con Beethoven y su primera sinfonía.

La obra que analizamos fue estrenada el 2 de Abril de 1800 y publicada como opus 21. Su plantilla instrumental incluye 2 timbales, 2 trompetas, 2 trompas, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots, violines (primeros y segundos), violas, violonchelos y contrabajos. El uso de los clarinetes (poco frecuente en las sinfonías) puede considerarse como influencia directa de las últimas óperas y sinfonías mozartianas.

Beethoven estrena esta primera sinfonía con treinta años de edad. No era su primera obra, ni siquiera la número 21 (el número de opus no es determinante, pues dentro de cada número de opus pueden publicarse varias, como los 6 cuartetos de cuerda incluidos en la opus 18, y por otro lado, Beethoven compuso muchas obras sin número de opus que fueron anteriores a esta sinfonía), pero resulta llamativo que Beethoven compusiera su primera sinfonía a la edad que Mozart había compuesto la mayoría de sus 41 sinfonías, o el propio Schubert, que falleció a los 31 años dejando un corpus sinfónico nada desdeñable (son 9, y a partir de la cuarta de una calidad creciente y destacable).

Pero como ocurre casi siempre en la obra de Beethoven, cuando el maestro de Bonn estrena un género, lo hace con paso firme, teniendo algo original que contar y sabiendo cómo contarlo.

Los únicos trabajos orquestales de Beethoven anteriores a esta op.21 fueron las dos Cantatas escritas en 1790 (con ocasión del Emperador José II), un primero movimiento de un concierto de violín en Do mayor y sus dos primeros conciertos de piano. Como vemos, se tratan de obras orquestales a los que se le añade solistas, coros o, en el caso de los conciertos, un instrumentos solista (no es sorprendente que Beethoven dedicara casi la totalidad de sus conciertos al piano, su instrumento favorito). Habría que esperar a 1800 para que esta primera sinfonía representase la primera gran obra exclusivamente orquestal de su autor.

Para los que estén interesados y puedan apreciarlo, aquí dejo un enlace a la partitura de la sinfonía. Bastan nociones básicas de solfeo para que la escucha de la obra sea mucho más enriquecedora en todos los aspectos si se acompaña de la lectura de la partitura.

De cualquier forma, lo que sí es inevitable es escuchar la música, así que ahí va otro enlace con la interpretación de Daniel Barenboim al frente de la Orquesta del Diván Este-Oeste (orquestas y directores que tienen magníficas interpretaciones de las sinfonías de Beethoven hay, por suerte, para elegir, pero al final he optado por ésta, por ser muy reciente, por estar grabada con mucha calidad, por la admiración que profeso hacia su director y por la simpatía que me suscita esta orquesta).

Primer movimiento: Adagio molto (0’0´´) – Allegro (1’20´´)

La sinfonía, siguiendo la estructura clásica en cuatro movimientos, se inicia con un movimiento enérgico e impetuoso (Allegro).  En este caso, y como era costumbre en muchas sinfonías de Haydn, una introducción lenta (Adagio molto) se utiliza como preludio del movimiento. Beethoven utilizará este esquema en futuras sinfonías (2ª, 4ª y 7ª), aunque en esta primera la introducción es muy corta, apenas doce compases.

Esta pequeña y breve introducción no está exenta, empero, de innovaciones audaces para la época. La obra comienza cayendo en un acorde de FA, y luego en uno de SOL, cuando lo normal sería comenzar con un brillante acorde de DO (como correspondería a una obra escrita en dicha tonalidad).

introduccion

Esta forma novedosa de comenzar una obra ya había sido usada por Haydn, y mucho antes por el gran Johann Sebastin Bach (quien, a juicio de George Grove, pareciera haber inventado todo lo que los compositores posteriores acabarían haciendo), y sin duda sonó bastaste “rompedora” para los oyentes de la época.

Tras la lenta introducción la música surge con energía de manera abrupta sobre un tema principal muy sencillo, basado en le repetición de las notas del acorde de DO (do-mi-sol).

allegro1

En concreto, la primera frase de este tema la anuncian los violines: motivo1

Todo el movimiento (incluida la introducción) se asemeja a otra obra temprana de Beethoven, su famosa obertura “Las criaturas de Prometeo” op.43, compuesta poco después (1801). Como veremos al analizar la sinfonía nº 3 en MIb “Heróica”, este tema de “Las criaturas de Prometeo” dará mucho que hablar.

Es interesante destacar que este primer motivo ya pone de manifiesto una característica beethoveniana: su obsesión a la hora de marcar la tonalidad de la obra. Esta determinación de hacer la tonalidad (Do mayor en nuestro caso) clara para el oyente será una constante en otras sinfonías (2ª, 8ª o 9ª) y en muchas de sus sonatas, lo que contrasta con sus últimos cuartetos de cuerda, en los que la fijación de la tonalidad es mucho más ambigua e imprecisa (un pequeño homenaje a los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven puede encontrarse en mi entrada “La música absoluta: los últimos días de Beethoven“).

El segundo tema del primer movimiento se realiza sobre la dominante (En el caso de DO, la dominante es SOL). Es de carácter melódico, más agradable y refinado que el tema principal. Mientras que la melodía la sostienen los oboes y las flautas repartiéndose partes de la frase, las cuerdas ejecutan un acompañamiento a base de arpegios ascendentes y descendentes.

Lo podéis encontrar en el 2’10´´ de la grabación más arriba indicada.

tema2

En este recorte de la partitura se puede apreciar, en la parte superior, como el oboe y la flauta realizan preguntas y respuestas sobre la melodía del segundo tema. Al mismo tiempo los violines primeros y segundos realizan ese acompañamiento en arpegios ascendentes y descendentes sobre las notas del acorde de SOL (sol-si-re) y su dominante RE (re-fa#-la-do).

El segundo tema termina con un pequeño pero delicioso pasaje en el que los violonchelos y los contrabajos (doblándolos una octava más grave) adquieren cierto protagonismo (2’40´´).

pasaje

Hay que fijarse en que mientras que el oboe y luego la flauta mantienen una línea melódica con notas más largas, los violines acompañan marcando el compás de cuatro por cuatro (cuatro figuras negras por compás) y son los violonchelos y contrabajos los que realizan una figuración más rápida y una línea melódica más ornamentada.

El desarrollo (la parte central de la forma sonata sobre la que está construido este primer movimiento) apenas tiene nada destacable, salvo el pequeño uso de un contrapunto imitativo que nos recuerda que Beethoven todavía tenía presente las clases de Contrapunto de su maestro Johann Georg Albrechtsberger.

El movimiento termina con una coda y una combinación del pasaje de los instrumentos de viento con el primer tema, lo cual no es invención de Beethoven (Mozart ya lo utilizó en su sinfonía “Júpiter”) pero que acabará siendo una seña de identidad en su producción musical.

Segundo movimiento: Adagio cantabile con moto (9´45´´)

A mi juicio, Beethoven fue un gran creador de movimientos lentos. Me sería imposible no acordarme de los grandes e inconmensurables que son los movimientos lentos de algunos de sus cuartetos (op. 132, por ejemplo), o sonatas de piano (Hammerklavier o la número 32). Todo ello por no hablar de su concierto de violín o del concierto de piano nº5 “Emperador”, cuyos movimientos lentos destilan una belleza sobrenatural.

Pero también en sus sinfonías daría buena cuenta Beethoven de su maestría con los tiempos lentos (en contra de quien le acusa de abusar de una música orquestal enérgica, impetuosa, rítmica y casi atronadora, emulando los “cañonazos” que las tropas de Napoleón propinaban por toda la Europa de su época). Podemos citar los adagios de la 2ª, 4ª y, sobre todo, 7ª sinfonía. Ya los veremos a su debido tiempo.

En este movimiento lento, casi juguetón en algunos momentos, Beethoven hace un uso más acusado de las técnicas de composición basadas en un contrapunto en nada severo, sino flexible y agradable al oído (propio de la época en la que el compositor presentó la obra, muy diferente a la de sus predecesores barrocos). Sin duda, su maestro Albrechtsberger estaría orgulloso con esta muestra de talento precoz.

segundo

Se aprecia cómo los violines segundos comienzan un tema sencillo, casi infantil, al que le siguen las violas y violonchelos, para continuar el resto de la orquesta.

Curioso resulta, por último, un pasaje (11´28´´) en el que el timbal adquiere presencia y protagonismo con una célula rítmica repetida:

timbal

Este uso de los timbales ya anuncia un estilo que se fraguará en grandes obras como el Andante de la cuarta sinfonía, el comienzo del concierto para violín o el final del quinto concierto de piano.

Tercer movimiento: Minueto y trío (16´20´´)

Aquí encontramos el movimiento más inusual y novedoso de toda la sinfonía. Si Beethoven hubiera muerto justo al componerla, la sinfonía habría sido valiosa por sus propios méritos (y entre ellos figura sin duda este tercer movimiento), aunque actualmente, sabiendo que Beethoven compuso ocho sinfonía más (y ¡qué sinfonías!), no podemos ignorar que esta primera sinfonía se valora por ser precisamente eso: la primera de una gran serie.

Tradicional era que el tercer movimiento de una sinfonía fuera un minueto, una pieza con ritmo de tres por cuatro, más o menos lenta, pero en todo caso “bailable”, por las reminiscencias que esta forma instrumental guardaba con las danzas de las que procedía. Más de un siglo de composiciones habían prefijado esta estructura, y aunque podemos recordar los grandes minuetos de las mejores sinfonías de Haydn o Mozart (que son más “musicales” que “bailables”), no podemos sino asombrarnos ante el cambio de espíritu y carácter que Beethoven imbuye en este tercer movimiento de su primera sinfonía: toda una declaración de intenciones.

El tempo más acelerado, la alternancia de forte y piano y las acentuaciones rítmicas en partes débiles del compás son algunas de estas novedades que acercan este minueto a los Scherzos (“broma” en alemán) que tan famosos serían posteriormente y que el propio Beethoven acabaría usando (el propio Grove afirma que no se valoraría igual este minueto de la primera sinfonía de Beethoven si no tuviéramos el magnífico Scherzo de la Séptima para interpretarlo).

Este minueto resultó muy novedoso para los oyentes en el año 1800. Se cuenta que alguien discutía a Haydn una regla de composición de Albrechtsberger, por el cual las “cuartas” debían ser eliminadas totalmente. El viejo Haydn le reprochó que eso era una tontería, que ya era hora de que alguien le mostrara cómo se debía crear un nuevo minueto. Está claro que el minueto de la primera sinfonía de Beethoven (que fue alumno de Haydn) encajaría en este “nuevo minueto” que tanto ansiaba el “Padre de la Sinfonía”.

minueto

Por último, y siguiendo el modelo tradicional (a pesar de las rupturas, seguimos en 1800 y en la primera sinfonía), Beethoven coloca un “trio” junto al minueto. El trio solía ser la sección media de una forma ternaria (en este caso, el minueto), de carácter más íntimo y lírico y que se solía interpretar con menos instrumentos (de hecho, con tres, de ahí su nombre). En el caso de Beethoven, el trío (17´45´´) usa una pregunta repetida de la sección de viento frente a la respuesta más dinámica y juguetona de la sección de cuerdas). Similar uso de la plantilla orquestal se encontrará en el Trio de la Cuarta sinfonía, aunque con un carácter más etéreo.

trio

Cuarto movimiento: Finale (19´45´´)

Este movimiento final es, como el primero, el más plano y regular de toda la obra. Sin desmerecer a su autor, resulta claro que ambos movimientos se parecen mucho, sobre todo en los defectos (abuso de las repeticiones y uso de las escalas), y que no comparten la belleza del segundo o la novedad rupturista del tercero.

El comienzo, una pequeña introducción, es infantil en exceso, casi un juego: las notas van subiendo poco a poco, como si cogieran fuerza para subir una escalera, hasta que finalmente llegan al comienzo del movimiento propiamente dicho.

final

Este pasaje tan humorístico y coqueto no está exento de polémica. Se cuenta que un célebre músico y director solía evitarlo en sus interpretaciones de la primera sinfonía de Beethvoven (allá por el 1809), porque decía que era incapaz de tocarlo sin echarse a reír. Ante esto sólo puedo subrayar las palabras de Grove: si el maestro quería que nos riéramos, ¿por qué no hacerlo? No en vano, un recurso similar lo encontramos en la cadencia del final del concierto de piano número tres (terminado también en 1800) y, desde mi punto de vista, en el magnífico enlace del segundo al tercer movimiento del concierto de piano número quinto.

Sea como fuere, la primera sinfonía de Beethoven, si bien recibió una dura crítica en sus comienzos (calificándosela como de “caricatura de Haydn llevada hasta el absurdo”), acabó siendo valorada y apreciada justamente como la obra de arte que es. Periódicos musicales como el Allgemeine  musikaliscke Zeitung de 1805 recogieron un estreno en Viena como ejemplo de producción gloriosa y llena de bellas ideas, orden y lucidez.

Acabo la entrada con una anécdota: poco después de su estreno, apareció un arreglo para quinteto de cuerda en el que no se indicaba que se trataba de un “arreglo” (y por lo tanto, pasando por una obra original). Beethoven en persona escribió una carta al diario Wiener Zeitung para informar a los lectores de que dicha obra era un arreglo de su sinfonía, y que su calidad era tan mala (por falta de indicaciones) que haría casi imposible su ejecución por los intérpretes.

Beethoven afirma en la carta: “Los arreglos son una cosa frente a la que en estos tiempos (tan fructíferos en arreglos, por otra parte) los músicos tratamos de luchar en vano”. Qué habría escrito actualmente con todo el tema de la SGAE, la copia autorizada, internet…

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Categorías: Do-mi-sol-do | Etiquetas: , , | 5 comentarios

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5 pensamientos en “Las sinfonías de Beethoven: Sinfonía nº1 en Do mayor

  1. ¡ Que maravilla !, ya estoy esperando la segunda entrega..

  2. carliños

    Muy buena maestro. Me encanta el primer movimiento de esta sinfonia. Seguiré la serie entera para aprender las otras. un abrazo

  3. Jaime Giron

    El más grande de los compositores clásicos y románticos, y quizá el major de la historia musical. Beethoven fue un genio. No me canso de escuchar sus 9 sinfonías, en particular esta primera sinfonía que eleva mi alma hasta los cielos. Gracias, ¡Beethoven, por haber venido al mundo!

  4. Maravilloso análisis para que incultos como yo disfrutemos durante horas escuchándola una y otra vez, luchando por identificar los temas.
    Veo con pena que sólo hay otra entrada similar. Te animo a continuar con ello, aunque sea un trabajazo. ¡Muchas gracias!

    • Muchas gracias, Shinbad, pero cerré esta Tribuna hace varios años y dudo que vaya a retomarla. Me alegro de que hayas podido disfrutar por lo menos de estas dos entradas. Hay otras sobre música clásica que igual te parecen interesantes. Muchas gracias por el comentario y un saludo.

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