La sonrisa del “Duque”

A pesar de la famosa frase de Jelly Roll Mortom (“soy el inventor del jazz”), este género musical no tiene padres conocidos, pero está lejos de ser huérfano: se podría decir que más que “padre” tuvo patriarcas, algunos de origen humilde como Louis Armstrong y otros de carácter más noble, ya fueran reyes del swing (Benny Goodman), condes (Count Basie) o duques (Duke Ellington). Dedicaremos esta pequeña elegía al gran DUKE ELLINGTON, aprovechando que ayer se cumplieron exactamente 38 años desde el triste momento en que este genial músico nos dejó solos con su música…

Antes de seguir, dejemos que hable su música: aquí dejo una versión exquisita de In a Sentimental Mood, con Duke y Jhon Coltrane.

El jazz es algo difícil de definir o clasificar. Es un género o estilo musical, una forma de arte, una filosofía, una forma de vida… quizás sea un poco de todo esto y mucho más. Uno de sus atractivos es, sin duda, este carácter ecléctico, esta dificultad para saber cuándo se originó, quién fue su “inventor”, qué antecedentes tiene, cuándo dejará de estar de moda, qué significa su propio nombre, o cómo puede cumplir cien años un estilo musical que desde sus inicios no ha parado de recibir influencias, fusionarse y evolucionar.

Ante todo este movimiento, este fluir confuso de elementos que componen el jazz, sólo hay una cosa cierta y que, por suerte, permite a los legos en la materia (como el que escribe), encontrar el consuelo del náufrago que se agarra al tronco que flota para evitar hundirse: acercarse a los grandes es acercarse al jazz. Escuchar a Louis Armstrong o Duke Ellington es escuchar jazz, y su música es la mejor manera para entender en qué consiste precisamente este estilo.

Por eso, mientras leemos (escribo), escuchemos algo de jazz… ¿os atrevéis a coger el tren para ir a Harlem? Take the A-Train, con Ella Fitzgerald.

La primera vez que entré en contacto con la música de Ellington fue hace muchos años. Muchos. Fue en clase de inglés y por aquella época no creo que pudiera distinguir el rock del blues ni el blues del jazz. Pero recuerdo que el profesor solía ponernos cassettes con canciones en inglés para que las tradujéramos. Todavía soy capaz de rememorar aquella primera vez que escuché “In a Sentimental Mood”, pero en una versión cantada, y me embargan los mismos sentimientos de placidez, nostalgia y dulzura que esta canción me inspiran. Salí de clase sin saber de quién era la composición, y tardé algunos años en encontrar, en una tienda de vinilos de segunda mano (desconozco que haría entonces en una tienda así, pero bueno, ése es mi problema…), un disco de Duke con su fotografía sobre unas letras doradas con el título de la canción. Aunque no compré el disco, porque no tenía dónde ponerlo (hoy lo hubiera comprado, pues gracias a mi familia y especialmente a mi hermano con sus “peculiares regalos” tengo donde disfrutarlo), salí de la tienda con el conocimiento del nombre del compositor y su fotografía en la cabeza.

Curiosa manera de introducirme en el jazz, muchos años antes de saber que Duke sería uno de mis compositores favoritos. Y es que las cosas buenas entran fáciles, incluso antes de que estemos preparados para saborearlas totalmente.

No sé si ésta era la foto, no lo recuerdo. Pero la mayoría de la “imaginería” que rodea a Duke siempre nos lo muestra con una sonrisa perfecta, bigote recortado, y una expresión de jovialidad que sólo desaparecía cuando se encontraba trabajando.

Felicidad y trabajo. Diversión y disciplina. Así se forjan los genios. Esas mismas características se encuentran en otros grandes de la música, como Mozart, otro compositor por el que siento especial predilección. A pesar de la imagen que se transmite en la famosa película “Amadeus”, Mozart fue una persona alegre, jovial, rebelde, provocadora, pero muy trabajadora. Demasiado. Estas características las comparte con Duke, además de otros muchos elementos comunes.

Por ejemplo su monumental repertorio. Si el de Salzburgo compuso cientos de obras, muchas de ellas verdaderamente geniales, el de Washington llegó a escribir cerca de 2000 canciones. Por supuesto que el mérito de Mozart fue, a mi entender, superior, teniendo en cuenta que vivió la mitad de años y que no es lo mismo componer una canción como “It don mean a thing (if it ain’t got that swing)”, que escribir la partitura orquestal de un concierto, sinfonía o una de sus 27 óperas…

¿Por cierto, habéis visto en el video la “sonrisa” de la que hablo? Sin duda, Duke sabía venderse, transmitir esa alegría que el swing lleva implícita y que ayudó a sobrellevar los efectos catastróficos del crack del 29.

Otro elemento común entre ambos compositores es que, a grandes rasgos,  vivieron y trabajaron en un mismo estilo toda su vida. Sé que es una apreciación muy personal, pero Mozart desarrolló su música dentro del llamado Clasicismo, aunque haya quien encuentre en sus obras de juventud rasgos preclásicos y en las últimas prerrománticos. No estarán equivocados quienes así piensen, pero generalizando podríamos a considerar a Mozar un músico clásico, a diferencia de Beethoven. Duke fue de los pocos compositores americanos que se dedicaron en exclusiva al jazz, hasta el punto de formar parte indisoluble de este género. Otros, como Gershwin, iniciaron su andadura musical en territorios más tradicionales aunque acabaron en el jazz. Otros no se alejaron mucho de este mundo, que tampoco paraba de evolucionar, como ocurrió con Aaron Copland. El caso es que Duke se sentía cómodo, al igual que Armstrong, con un estilo que nacía, se desarrollaba y mutaba constántemente, y del que ambos forman parte indisoluble. A pesar de las incursiones de Duke en la música litúrgica o en las bandas sonoras (“Anatomía de un asesinato” o “Un día volveré”), su música nación y murió dentro del jazz, y creo que todos podemos estar orgullosos de que así sea, porque el legado artístico que ha dejado a quien escucha o toca jazz, es inconmensurable…

Escuchemos, mientras acabamos, un poco de este Caravan.

Me despido, porque esta entrada se me ha borrado dos veces mientras la escribía y ya estoy cansado de ella. Además, llevo dos días de festival Sonisphere acostándome a las cuatro de la mañana con The Offspring, Metallica y otros muchos más. Estoy algo cansado y debo descansar… lo mismo esta tarde aprovecho y escucho algo de música. ¿Alguna petición? Si pudiera, le pediría a Duke un poco de Satin Doll.

Ya está: esta tarde la toco al piano, transportándola a todas las tonalidades ¡menudo reto!

Si os preguntáis cómo es posible disfrutar de Mozart, Metallica y Duke Ellington, os dejo con la respuesta que dio este último cuando le preguntaron si prefería la música clásica al jazz: “Sólo hay dos tipos de música: la buena y la mala. A mí me gusta la buena”.

A mí también…

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Categorías: La risa de los inmortales | Etiquetas: , | Deja un comentario

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