La ópera se cuela en Europa

Este fin de semana se celebró el llamado “Día Europeo de la Ópera”. Sorprende que en un momento tan convulso para el viejo continente (al menos económicamente, porque realmente convulso fue toda la primera mitad del siglo pasado), cuando se está discutiendo si Grecia debe abandonar la moneda única como posible primer paso para un progresivo desmantelamiento del resto de instituciones europeas, seamos capaces de celebrar algo tan bello como la ópera.

Yo he llegado tarde al mundo de la ópera, como he llegado tarde al jazz o la música clásica. De hecho, he llegado tarde a muchas cosas maravillosas en lo que llevo de vida. Pero siempre he pensado que lo importante no es llegar tarde o pronto, sino “llegar para quedarse”.

Y yo me quedo.

Si mis primeras experiencias musicales se las debo a mi madre (Vivaldi, Mozart, Beethoven… sobre todo Beethoven), en el campo de la ópera he de reconocer la participación activa de mi padre y, sobre todo, de mi hermano. Ellos ya hablaban de Puccini o Verdi cuando yo no sabía distinguir entre Monteverdi o Wagner. Y viví mucho tiempo con una espina clavada: la de permanecer ajeno a un maravilloso mundo en el que me parecía imposible introducirme.

También sería justo reconocer que mi afición a las óperas de Mozart, a las que denigraba ligeramente por su aparente facilidad y carácter bufo, se la debo a una persona a la que he querido demasiados años de mi vida. Si ahora me emociono escuchando el “in Diesen Heil’gen Hallen” de Zarastro en la “Flauta Mágica” de Mozart, en buena  parte es gracias a ella. Por cierto, y a modo de anécdota, solo un genio como Mozart pudo colocar un aria para bajo tan calmada y relajada como ésta, en la que el cantante llega a dar una de las notas más graves del registro vocal (Fa1), justo después de un aria mucho más frenética y enérgica, en la que la soprano alcanza una de las notas más agudas (Fa5)… aquí os dejo con la conocida “Der Hölle Rache“.

Ahora, años después de esos comienzos dudosos en el terreno operístico, me alegra comprobar que no sólo he podido introducirme en esta manifestación artística, sino que cada vez la disfruto más y más. Son ya más de 30 óperas las que he visto en directo y algunas más las que he escuchado en casa. Y todavía tengo amigos que se empeñan en llevarme a ver “Lulú” de Alban Berg…

Como veis, aún me queda mucho camino por recorrer y disfrutar.

Una de las cosas más importantes de la ópera, y que la diferencia de otros géneros musicales “no programáticos”, es que a través de ella, de su música, se cuenta una historia. Asistir a un concierto de piano o escuchar una sinfonía permite disfrutar a nivel sensitivo e intelectual del fenómeno musical, pero es difícil trascender y obtener algún tipo de información. “La música”, como decía Leonard Bernstein, “no va sobre esto o aquello: va sobre ella misma”.

Pero en la ópera asistimos a una experiencia múltiple. Visualmente existe un vestuario, un decorado, una puesta en escena y una interpretación, lo cual nos recuerda al mundo del teatro con el que tanto comparte. Por otro lado encontramos la manifestación literaria, ya que los libretos pueden ser desde simples pastiches hasta verdaderas obras de arte (a nivel poético o filosófico). Finalmente está la música, una música que esta vez si está ligada, en cierta manera, a la historia que se cuenta y acompaña la acción y el drama que se representa.

Wagner tuvo una profética visión del “drama musical” (como le gustaba denominar a sus óperas) como obra de arte total o Gesamtkunstwerk, tal y como dejó escrito en su genial escrito titulado “La obra de arte del futuro” o “Das Kunstwerk der Zukunft“. Este ensayo, escrito nada más y nada menos que en 1849, resulta especialmente contemporáneo si lo ponemos en relación con un fenómeno tan actual y cotidiano para nosotros como es el cine. De hecho, buena parte de la música de Wagner contiene en su germen elementos dramáticos que se adelantan en más de medio siglo a las bandas sonoras y al cine en general como forma de arte.

Como ejemplo, podemos escuchar algunos fragmentos de mi ópera wagneriana favorita:

Preludio de “Tristán e Isolda”.

Preludio del acto tercero de la misma ópera, en el momento en que Tristán yace herido, a punto de morir sin poder ver por última vez a su amada.

Liebestod (Muerte de amor) de Isolda ante el cadáver de Tristán. Aguantad hasta el final, por favor…

Y se podría seguir con otros muchos ejemplos sacados de este descomunal e inabarcable hito de la historia de la música que es la tetralogía del “Anillo del Nibelungo” de Wagner (no os perdáis, por cierto, la espectacular representación del Metropolitan de New York que los cines Yelmo están ofreciendo este mes), como sería el motivo de los gigantes Fasolt y Fafner, la muerte de Sigfrido o la famosa cabalgata de las valquirias… os podéis hacer una idea de lo que las bandas sonoras y el cine deben a este compositor.

Es sin duda Wagner una de mis más orgullosas conquistas. Tantos prejuicios tenía sobre él que me parece sorprendente que ahora sea uno de mis compositores favoritos. Una muestra más de que frente a los prejuicios solo cabe la valentía de atreverse a conocer: en el teatro del Liceu de Barcelona asistí en tres ocasiones a Tristán e Isolda, y salí llorando en casi todas ellas. Ahora me encuentro cómodo entre Parsifal y Tannhäuser … ¡olé por mí!

Pero para alcanzar ese disfrute fueron necesarias muchas horas de aprendizaje y preparación. Mucho debo a otras óperas aparentemente más sencillas pero no exentas de un atractivo embriagador. Aquí os dejo algunos ejemplos:

Bella figlia del amore de “Rigoletto“, de Verdi, o su  Va pensiero, de “Nabucco”.

Intermezzo de una de mis óperas favoritas, “Cavalleria rusticana” de Mascagni.

Un bel di vedremo de “Madame Butterfly” de Puccini.

Y podría seguir horas y horas, dejándome muchas atrás y repitiendo otras de las que me cuesta escapar.

Bienvenido sea un día tan artificial como el comercial “Día de la madre”, pero que nos sirve para detenernos un momento y reflexionar sobre uno de las manifestaciones artísticas más maravillosas del mundo. Si lo conocemos, a seguir disfrutando. Y si no, ¿a qué esperáis?

Poco nos llevaremos de este mundo cuando se baje el telón de nuestra propia ópera, salvo los buenos momentos: atesoradlos bien y compartidlos con vuestros seres queridos. Porque como se cree que dijo Chaplin:

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos…
Por eso, canta, ríe, baila, llora
y vive intensamente cada momento de tu vida…
…antes que el telón baje
y la obra termine sin aplausos.

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Categorías: Do-mi-sol-do | Etiquetas: , | 1 comentario

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Un pensamiento en “La ópera se cuela en Europa

  1. Fatima

    Que refrescante resulta leer esta entrada, gracias por hacerme revivir momentos maravillosos que siempre estarán conmigo. Me alegro tanto de haberos iniciado en estos placeres, en los cuales me habeis superado. un besazo y a seguir disfrutando.

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