La lucha por el aplauso

Este mes de febrero la fundación JUAN MARCH dedica un ciclo musical a revisar algunos de los llamados “duelos musicales” que famosos compositores e intérpretes llevaron a cabo (de manera a veces más ficticia que real) para ganarse el favor del público y, con ello, el reconocimiento y sustento económico. Ayer tuve la oportunidad de asistir al segundo de estos conciertos que se celebran cada miércoles a las 19:30.

Aquí os dejo el enlace a la página web donde se recoge toda la información necesaria (comentario, programa comentado en pdf, posibilidad de escuchar los conciertos a través de Radio Nacional Clásica…) y que os recomiendo que visitéis.

Del “duelo” que presencié ayer sí que puedo aventurarme a hacer ciertos comentarios. Se trataba de un aparente duelo de fama que sostuvieron en Londres Joseph Haydn y uno de sus alumnos más aventajados, Ignaz Pleyel. Fue en todo caso un duelo poco “sensacionalista”, pues ambos compositores fueron reconocidos como maestros en el arte musical y siempre se profesaron un respeto y cariño mutuo. Pleyel acabó compaginando su labor como músico con la vida empresarial, embarcándose con fortuna en el mundo editorial y el de constructor de instrumentos musicales (principalmente pianos).

La categoría utilizada para este duelo fue la de la música de cámara, y nada más y nada menos que el “cuarteto de cuerda”, es decir, el género que Haydn elevó a su máximo exponente (por lo menos hasta los primeros y sorprendentes hallazgos del Op.18 de Beethoven). Todo apuntaba a que Haydn ganaría este duelo, pues le precedía no sólo su afamada maestría en el género, sino el hecho de que Pleyel acabó editando los cuartetos completos de Haydn y estudiándolos minuciosamente para extraer la reglas de composición imbricadas en ellos.

¿Superaría el alumno al maestro?

Pues he de decir que no, y en ello la historia ha sido justa (no siempre lo es) cuando ha valorado a Haydn como uno de los más grandes y geniales compositores de todos los tiempos. Ello no desmerece a Pleyel, pero sería imposible establecer una comparación plausible, sobre todo si comparamos a estos dos músicos dentro del género del cuarteto de cuerda.

Pero he de reconocer que una cosa de Pleyel me agradó. El musicólogo que realizó el prólogo del concierto argumentaba que la música del alumno de Haydn era considerada más fácil para el oído, más agradable, galante, exenta de las audacias armónicas de un Haydn que a veces exige del oyente cierta atención y conocimientos. Y me sorprendía porque siempre he tenido el prejuicio de que, de los tres grandes músicos de la primera escuela de Viena (Haydn, Mozart y Beethoven, como “Padres del Clasicismo”), Haydn era el más “clásico”, en el sentido de claro, simétrico, equilibrado y estructurado. Mozart sorprendía por su inventiva melódica, el tratamiento del canto (sobre todo en el campo operístico) y ciertas genialidades compositivas que podían considerarse arriesgadas para la época. Beethoven, por su parte, se adentra de lleno en el Romanticismo y exprime al máximo las reglas rígidas del Clasicismo y el corsé que ellas producían en los compositores. Basta recordar sus últimos cuartetos de cuerda para entender lo que comento. Pero Haydn vivía en mi imaginario como un músico muy bueno, un artesano de la forma sonata, padre putativo de la “sinfonía” y el “cuarteto de cuerda” como géneros que desde entonces han adquirido fama universal. Un músico, a fin de cuentas, galante, accesible a cualquiera, fuera o no entendido en el arte musical.

¿Cómo reaccionaría ante una comparación con un músico al que tildaban los entendidos de “más fácil y simple”? Pues, efectivamente, los cuartetos de Pleyel que escuchamos ayer fueron una muestra de perfecta factura, equilibrio y claridad en el reparto de voces entre los cuatro instrumentos de cuerda. Y ello no lo digo peyorativamente, como si Haydn fuera más interesante y Pleyel más banal o mundano. Totalmente al contrario: Haydn me sobrecogió, como siempre, pero Pleyel me demostró una forma de entender la música que estimo mucho. Se trata de la facilidad, de lo previsible, del buen gusto, de considerar que en arte, “lo simple” puede ser un objetivo artístico en sí mismo tanto como “lo complejo”.

Aquí os dejo un ejemplo de Pleyel. Es su cuarteto de cuerda número 2. ¿Acaso no es sobrecogedor el tema inicial al unísono por los cuatro instrumentos? No cabe más declaración de intenciones en lo que a claridad y simplicidad se refiere. Disfrutad esta pequeña maravilla.

El problema es que uno debe pasar a Haydn, y eso son palabras mayores. Podría citar el magnífico segundo movimiento de su cuarteto op74 nº3 en Sol menor “El jinete”, cuyo análisis armónico escapa a las humildes intenciones de esta entrada. Aquí os dejo un enlace a este movimiento. Después de escucharlo, si alguien ha cometido el error de dormirse, que escuche el final del cuarteto, y que se asombre ante la capacidad de Haydn para, con su humor musical habitual, atrapar al oyente desde los primeros compases, a través de un hábil juego tímbrico, dinámico y rítmico. Un movimiento que captura desde el principio, que pasa de la expectación al jugueteo, pero que siempre nos deja el sabor de boca de un principio enérgico y contundente, que demuestra que en Haydn no todo es broma…

Disfrutadlo y, si podéis, acudid o escuchad las dos entregas restantes de este gran ciclo.

¿No tenéis curiosidad de quién será el oponente de Beethoven o Listz?

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Categorías: Do-mi-sol-do | Etiquetas: , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “La lucha por el aplauso

  1. lulú

    Esta entrada es preciosa, que pena que no haya creado un debate tan ajetreado como la de Garzon. Gracias.

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