Archivo mensual: julio 2011

Aniversario agridulce

Nadie sabe lo que es la salsa agridulce hasta que moja un rollito de primavera en esa plasta anaranjada. Pero uno no sabe realmente lo que es agridulce hasta que la vida le da una buena hostia y es capaz de levantarse para contarlo. Hoy cumplo un aniversario agrio y otro dulce… Sigue leyendo

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Enrique Granados, ese pianista español y catalán

Es muy triste que sea el buscador GOOGLE el que en su pagina de inicio (una de las portadas más vistas diariamente) nos recuerde el aniversario del nacimiento del músico español Enrique Granados. Pero mucho más triste es ver que el legado artístico de éste y otros músicos catalanes se apropia indebidamente para ser utilizado con fines políticos y de una supuesta identidad nacional. Sigue leyendo

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¿Por qué estáis conmocionados por lo de Noruega?

Realmente, chicos: no lo entiendo. Se supone que la sociedad occidental, la que se cree el centro histórico, artístico, religioso y moral del mundo, era la sociedad más avanzada y ya estaba curtida en estos temas de atentados terroristas. Pero parece que no. Sigue leyendo

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Cuidado con lo que os metéis y en quién creéis

Comenzar una entrada plagiando el comentario de uno de mis mejores amigos no me ruboriza, antes bien, me hace sentir pequeño y humilde. Cuando he leído alguna frase o escrito de un autor de prestigio no he dudado en usarlo como núcleo para una entrada de esta tribuna digital, y nada me impide, por la admiración que le profeso, hacer lo mismo con el comentario de mi amigo. Sigue leyendo

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Textículo cuadragésimo

NO CORRAS TANTO

El corredor se entrenó duramente para la carrera más importante del año. Cuando llegó el esperado día sucedió algo extraño: a medida que corría más rápido, la meta parecía alejarse de él. Su respuesta fue acelerar el paso, lo que sólo produjo como consecuencia que la meta se alejara aún más. Cansado y agotado, decidió darlo por imposible y se detuvo, olvidándose completamente de la carrera y de lo que ésta significaba para él. Fue entonces cuando la meta detuvo su huida y se acercó tanto a él que le pasó por encima, haciendo que el corredor acabara primero y subiera a lo más alto del podio.

En la rueda de prensa el corredor no supo explicar lo sucedido, pero asombró a los espectadores con el siguiente comentario: “Imagino que en atletismo, como en la vida, mientras más te obsesionas en conseguir algo, más lejos estás de alcanzarlo. Ya sea una chica que te gusta, un examen que has de aprobar o cualquier empresa que has de acometer, lo ideal es verlo desde fuera, sin involucrarte, como si no te fuera nada en ello. Sólo quien no tiene nada que perder puede ganarlo todo”.

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Textículo trigésimo noveno

EL CUARTO DESEO

El maestro Lo Pang se reunió con sus cuatro mejores discípulos y les ofreció elegir uno de los tres deseos con los que todo hombre sueña: dinero, amor y salud.

El primero de los discípulos eligió el dinero. El segundo, más listo, eligió el amor. El tercero, más listo todavía, eligió la salud. Y el último, quizás el más listo de los cuatro, no eligió nada.

“¿Por qué no has elegido un deseo?” le preguntaron todos, incluido el maestro Lo Pang. “Si hubiera elegido el dinero”, contestó el discípulo, “muchos amigos míos acabarían volviéndose envidiosos. Si hubiera elegido el amor, me habría hecho tan irresistible que atraería a todas las mujeres, incluso a las esposas de mis amigos. Si hubiera elegido la salud habría vivido cientos de años, viendo morir a todos mis familiares y amigos con los que me crié”.

“Pero entonces te quedarás sin nada”, le contestó Lo Pang. “No lo creo así, maestro”, respondió el discípulo. “Si he sido capaz de renunciar al dinero, al amor y a la salud, significa que soy capaz de controlar mis instintos, mis apetencias y mis vicios. Aquel que aprenda a controlarse en toda situación está más cerca de la felicidad suprema, pues nunca sucumbirá a las tentaciones, ni tendrá necesidades que no podrá satisfacer, ni tendrá miedo a la muerte ni al dolor”.

A Lo Pang le costó años admitir que uno de sus alumnos hubiera alcanzado la iluminación antes que él…

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Textículo trigésimo octavo

LA CANCIÓN MÁS BELLA DEL MUNDO

Enrique siempre recriminó a su madre que no cantara. En una familia en la que todos los miembros eran músicos, el hecho de que la madre no tocara ningún instrumento era algo que Enrique nunca pudo superar. “Canta, mamá, que nosotros te acompañamos” le repetía insistentemente desde el piano. Pero la madre nunca se dignó a cantar y no fueron pocas las discusiones que sostuvieron por este motivo.

Años más tarde del fallecimiento de la madre, Enrique estaba acostado y su mente comenzó a divagar, viajando en el tiempo hasta detenerse cuando tenía cinco años. Entre la penumbra de la memoria Enrique se vio dormido en los brazos de su madre, y ésta lo arrullaba con una nana.

Aquella mañana Enrique amaneció con el rostro mojado por lágrimas que manaban de sus ojos. Apenas recordaba la canción que había soñado, pero retuvo esa voz, ese cariño materno, esa conexión con quien estuvo unido sus primeros nueve meses de vida.  Abrazó la almohada con fuerza llamando entre sollozos a su madre sin recibir respuesta y pidiendo a Dios que le dejara escuchar de nuevo la voz de su madre, porque no quería morirse sin oír de nuevo la que le había parecido la canción más bella del mundo…

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Textículo trigésimo séptimo

EL DEMONIO CORNUDO

Mi nombre es Ángel, y a pesar de las connotaciones religiosas de mi onomástica, no me arrepiento de lo que voy a confesaros: el demonio no me parece un bicho tan malo. Nunca he visto a Dios y la tradición religiosa me dice que debo tener fe en que todo lo bueno es gracias a él. Con el demonio pasa algo parecido pero totalmente injusto: me piden que tenga fe en que todo lo malo es obra suya, que no hay pecado en que no intervenga su acción maliciosa. Y yo me pregunto por qué me obligan a pensar mal de alguien a quien nunca he visto.

Mi padre me decía que cuando escuchara hablar mal de alguien que no conocía, esperara a conocerlo antes de prejuzgarlo, porque la gente suele ser envidiosa y tener la lengua larga y afilada, como los peores ofidios. Algo me dice que llevamos prejuzgando al demonio muchos siglos sin tener pruebas, ni juicio, que garanticen que la condena que le imponemos sea justa.

“Además de cornudo, apaleado”. Ésta es de mi madre. Y es que, por si fuera poco, la iconografía tradicional nos muestra al demonio como un macho cabrío de grandes, negros y retorcidos cuernos. Sigo pensando que esta representación es injusta, y responde a la necesidad de buscar un culpable de todos los males. Qué mejor “chivo expiatorio” que el gran cornudo demoníaco, al que desde su nacimiento hace milenios lo llevamos culpando de todo mal.

Pero el demonio es un cornudo, no lo olvidemos. Y aunque se lo merezca por cabrón, a lo mejor no hemos pensado nunca que esos cuernos se los han puesto a él, no los pintores y escultores, sino alguna mujer, una adoradora de Satán, una bruja digna de tal calificativo que  pasó del Aquelarre al convento, consumando la traición e infidelidad que tanto enojó al demonio y lo hace mostrarse siempre enojado y bufando.

Tened piedad del demonio (¡menuda contradicción religiosa!), ya que bastante tiene el pobre con lo que porta en su cabeza. Y por muy mal que os hablen de él, no lo prejuzguéis hasta que escuchéis su versión, pues todos tienen derecho a demostrar su inocencia. A eso se le llama justicia y hasta el demonio es digno de ella…

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Textículo trigésimo sexto

FANTASÍAS DE UN VAQUERO ESPACIAL

El pequeño Juan se montó en la bicicleta que acababan de regalarle y salió disparado hacia el jardín, con tan mala fortuna que chocó con un bordillo y cayó al césped. Cuando terminó de rodar acabó boca arriba y se quedó mirando fijamente el cielo nocturno.

Juan soñó despierto e imaginó, por un instante,  que estaba en una nave espacial del siglo XXXI como capitán, viajando por el espacio, librando batallas estelares y conquistando planetas desconocidos. Sin duda eso era más divertido que su bicicleta…

Pero hubo un momento en que su imaginación le jugó una mala pasada: en la nave espacial había un chico pequeño que dormitaba en un camarote oscuro y soñaba con ser un vaquero montado a caballo, peleando con los indios, y viviendo esas y otras aventuras que eran auténticas leyendas para los niños del futuro.

Entonces Juan se levantó, dolorido, cogió su bicicleta (que estaba como él, boca arriba y con las ruedas aún girando) y se montó en ella. Desde entonces le gusta que sus amigos le llamen “Jhonny Kid”, mientras dispara su pistola de agua hacia unos setos donde, según él, se encuentran escondidos los indios que esperan para atacarle por sorpresa…

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Textículo trigésimo quinto

EL VIAJE DE LA VIDA

Dicen que todo viaje, por largo que sea, comienza con el primer paso. Eso es cierto. Siempre. Hasta en la vida, que también es un viaje.

Quizás no recordéis vuestro primer paso, ese que todos dimos siendo muy pequeños, cuando nuestros padres nos miraban asombrados y gritaban “¡mira, sus primeros pasitos!”, pero no dudéis que lo dimos, y que ése pequeño y titubeante paso marcó el principio de este maravilloso viaje en el que nos encontramos.

Mirad ahora vuestros pies: puede que tengan callos. Y vuestro rostro ya tendrá alguna que otra arruga. Tendréis en la piel cicatrices de viejas heridas ya cerradas y en el corazón los restos de las que siguen abiertas. Los ojos, sobre pesadas bolsas de piel arrugada, tendrán la extraña manía de mirar al frente, pues hace tiempo que dejaron de mirar a otro lado.

Lo crean o no, aunque algunos de ustedes no se hayan movido mucho desde el lugar en el que dieron ese providencial primer paso, todos habéis viajado.

¿Queréis un consejo? Viajad despacio, disfrutando de cada paisaje, cada esquina, cada mirada. Degustad la comida lentamente y más aún si es con un buen vino. No tengáis prisa. Nunca. Ni para perdonar ni para vengaros. El viaje de la vida tiene obstáculos, como todas las carreras, pero a diferencia del resto, en la carrera de la vida no gana el que llega primero…

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