Una jornada interesante

Ayer escribí una entrada con algunas reflexiones sobre el movimiento Democracia Real Ya (DRY), que supongo que por lo precipitado de las mismas serán objeto de revisión posterior, con un poco más de calma y detenimiento. Coincidió este escrito con el hecho de que por primera me acerqué a una de las asambleas que este movimiento está llevando a cabo diariamente en distintas plazas de España. Reconozco que la impresión que me causó fue bastante buena, y voy a intentar detallar un poco mi percepción de este acontecimiento extraordinario.

Llegué a eso de las 20:00, justo cuando empezaba la asamblea. Lo que encontré fue una plaza de una pequeña ciudad como la que vivo, llena de ciudadanos, guardando unos minutos de silencio, inmóviles, como si fueran estatuas o parte del mobiliario urbano. Acabados estos minutos de introspección, la muchedumbre allí congregada rompió el silencio con una explosión de aplausos que marcó el inicio real de la asamblea.

El moderador explicó un poco el funcionamiento de la asamblea, de los turnos de palabra, las distintas comisiones y grupos de debate. Tuvimos que esperar a que se plantearan dos propuestas para ser votadas por los allí presentes, y mientras tanto se declaró “micrófono abierto”.

Resulta aleccionador, a muchos niveles, que el primero en coger el micrófono fuera un niño de apenas diez años y pelota bajo el brazo que dijo “me gustaría que en mi ciudad hubiera más campos de fútbol”. La primera intervención no pudo más que demostrar el buen ambiente que se respiró durante todo el acto, entre aplausos, risas y compañerismo ciudadano.

Las siguientes intervenciones fueron tan dispares como los allí presentes, pero siempre bien expuestas, bien acogidas y tomadas en cuenta. No es algo baladí que los ciudadanos puedan ponerse frente al Ayuntamiento de su ciudad y se representen a ellos mismos, con sus inquietudes, quejas y reivindicaciones.

Tal es así, que cuando decidí intervenir, mis primeras palabras no pudieron ser más elocuentes. Agarré el micrófono con fuerza, como si temiera caerme al suelo (las piernas no paraban de temblar cuando fui consciente de la multitud que había allí sentada, escuchándome) y antes de hablar sobre lo que quería hablar, me salió algo de dentro: “Chicos” dije, “que hoy yo pueda estar aquí, con este micrófono en la mano… es la hostia”. Y la gente comprendió en mis palabras, y en el sentimiento que las guiaba, que hablaba en serio, y me brindaron el primer aplauso de mi intervención.

Y es que la cosa no es para menos: vivimos en ciudades en las que no somos nadie, o casi nadie. Con vecinos a los que vemos a diario y con los que no hablamos. Poder estar en la plaza de tu ciudad y que tu voz se oiga, debatir con el resto de ciudadanos y vecinos sobre los problemas que nos afectan, al margen de los cauces tradicionales de representación popular (partidos políticos, órganos de gobierno y medios de comunicación), es algo muy valioso. Fui consciente de ello cuando me di cuenta de que los que allí estábamos desnudábamos un poco nuestro “yo” individual, nos exponíamos a las críticas y alabanzas del resto, y nos mostrábamos tal como nos sentíamos. Si ya es difícil hablar claro dentro de la familia, imaginad en una ciudad. Pues ayer se consiguió y, como dije… fue la hostia.

Mi intervención fue breve, como casi todas. Dos puntos principales: reflexión sobre la unanimidad como condición para la aprobación de propuestas y un comentario sobre la necesidad de plantear objetivos concretos.

De lo primero poco puedo decir, porque se debió a un malentendido por mi parte (y me consta que otra gente lo entendió igual que yo). Se propuso que las votaciones por unanimidad fueran prioritarias, y que las que obtuvieran al menos un 80% de votos a favor fueran secundarias. Quise entender que sólo las primeras se llevarían a efecto, mientras que las secundarias se volverían a debatir para conseguir la unanimidad. Ante este entendimiento defectuoso por mi parte, argumenté que la unanimidad es un extremo, deseable, pero que no puede ser requisito de viabilidad de las propuestas, so pena de que muchas de ellas no lleguen a ver la luz por multitud de circunstancias (estar en contra, no entender la propuesta, discutir no el qué si no el cómo…). Mantuve que un 80% era una mayoría muy importante, casi se podría hablar de una “unanimidad práctica”.

Al final resultó que la diferencia entre “prioritaria” y “secundaria” se refería al tiempo de ejecución, de manera que las propuestas aprobadas por unanimidad se ejecutarían en primer lugar, y las que obtuvieran un respaldo de al menos 80%, se dejarían para más adelante. Entendido en esos términos, lo veo lógico y consecuente. Pero allí dejé mi reflexión para las distintas asambleas que puedan pensar que la única forma de aprobar una norma es la unanimidad: la posibilidad de boicotear las medidas las podría hacer prácticamente inútiles. Una cosa es que nuestra opinión cuente y otra es que valga de modo absoluto (hasta el punto de poder obstaculizar cualquier decisión con mi simple negativa). Lo importante es poder oponerse y explicar por qué. Pero si el 90% votan que sí, y yo digo que no, me basta con poder explicar y que se oigan mis razones, pero por supuesto que la medida debe salir adelante, ¡faltaría más!

Respecto a los objetivos concretos si me explayé un poco más: al fin y al cabo era el verdadero objetivo de mi presencia allí.

Empecé atacando las etiquetas. Tanto las que nos ponen como las que nos ponemos. Las etiquetas han sido, son y serán siempre peligrosas. Blancos y negros, moros y cristianos, obreros y patronos, derechas e izquierdas, religiosos y ateos… causa y origen de que nuestro planeta haya sido tierra fértil para que crezcan los conflictos armados y la xenofobia. Un compañero dio un discursó contra los banqueros, y usó la expresión “nosotros, como clase trabajadora”. Recuerdo con gratitud que justo después de su intervención, otro compañero cogió el micrófono y dijo “perdona, pero creo que en ningún momento hemos dicho que somos la clase trabajadora”. Yo fui el siguiente en intervenir y tuve que lidiar con una serie de acusaciones acerca de si éramos o no clase trabajadora o qué leches éramos.

Por eso ataqué las etiquetas. La clase trabajadora es un concepto que arrastra muchos valores (positivos y negativos) desde hace más de un siglo. Tendríamos que discutir qué queremos significar con esa expresión que sin duda parte de una visión “clasista” de la sociedad que no tenemos por qué compartir todos. Sufrí algunas interpelaciones, acerca de que si no éramos clase trabajadora, qué éramos. Somos ciudadanos, personas, dije. Lo que yo veo delante mía son muchas personas, todas diferentes entre sí, inclasificables por naturaleza, por más que quieran o queramos encasillarnos. La fuerza de este movimiento reside en su variedad, su heterogeneidad, su diversidad, porque caben todas las personas: jóvenes, adultos, ancianos, ricos, pobres, trabajadores, empresarios, parados, amas de casa, casados y divorciados, ateos y religiosos, españoles e inmigrantes, de derechas o de izquierdas. Puede que la mayoría de nosotros pertenezca a lo que comúnmente se denomina clase trabajadora, pero calificar todo el movimiento bajo dicha etiqueta constituye un error ad initio que no podemos permitir. Sería dinamitar la mina antes de haber extraído todo el material valioso que hay bajo la superficie.

Porque si el valor del movimiento reside en su amplia diversidad, ello también tiene una cara oculta: la necesidad de buscar un elemento que unifique. O se encuentran unos objetivos comunes, claros, prácticos y concretos, que nos representen a todos por igual, o estamos perdidos.

Así acabé mi intervención, alentando a los organizadores y a todos los presentes (curiosos, simpatizantes, transeúntes…) a que nos pusiéramos de acuerdos en puntos concretos de actuación. Pocos y concretos. Pero sobre todo realizables, practicables. Las utopías están bien a largo plazo, pero los primeros objetivos deben ser asibles. Todo este movimiento, toda esta energía, se debe canalizar correctamente, buscando aquellos primeros escalones que nos permitan llegar a lo más alto.

La asamblea acabó como empezó, con buen ambiente y respeto mutuo. Algunas intervenciones fueron muy buenas y amenas. Un chico de marruecos y un ama de casa nos sacaron los colores a más de uno…

No me despediré sin recordar una frase que aunque parezca un juego de palabras, ni es un juego ni son meras palabras: debemos dejar de indignarnos y pasar a dignarnos. La indignación ha sido el detonante de todo este sentimiento colectivo, pero la indignación es algo reactivo y pasivo. Tras ella debemos dignarnos a hacer algo constructivo, acción positiva, plantear objetivos y metas a alcanzar. Y hablo correctamente cuando digo “dignarse”, porque lo que hacemos nos dignifica como ciudadanos responsables y exigentes con los poderes públicos. Ser ciudadanos es una cosa. Ser ciudadanos dignos otra:  comprometidos, responsables, críticos y activos. Sobre todo activos.

PD: De todas las etiquetas que el lenguaje me obliga a utilizar, habréis comprobado que entre “camarada”, “hermano”, “vecino”, “persona”, “ciudadanos” o “compañero”, he utilizado siempre esta última, casi abusando de ello. Porque creo que refleja muy bien lo que siento: la palabra “compañero” deriva del latín cum panis, o “que comparte el pan”. Aunque en este caso el pan que nos une no es otro que el de la indignación ante ciertos atropellos y la ilusión en que un cambio es posible si todos nos lo proponemos.

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Categorías: Res publica | Etiquetas: , , , | 1 comentario

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Un pensamiento en “Una jornada interesante

  1. Fatima

    Me gusta que intervengas en las asambleas, y me gusta lo que dices y piensas, como no podia seer menos estoy de acuerdo . un beso.

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