Archivo mensual: enero 2011

El centón del lobo estepario: ¡felicidades!

Nunca creí que fuera a llegar a las diez entradas y parece que ésta es la número cien. Creo que me merezco un descanso, y eso es lo que voy a hacer. Pero antes me gustaría dedicar esta entrada a recapitular un poco lo que ha sido este periplo blogero que comenzó hace ya medio año. Va dedicado a todos los que lo leen. Especialmente a los que comentan. Sigue leyendo

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Textículo vigésimo

REFRANES

-Vamos, Pedro, levántate.

-No quiero. Tengo sueño…

-Al que madruga, Dios le ayuda.

-Ya lo sé, papá. Pero eso no me quita el sueño y fuera hace frío. Ande yo caliente ríase la gente, ¿no? Pues eso, a seguir durmiendo entre las mantas.

-¡Qué pillín eres! Vamos, no lo repito más. A mí tampoco me gusta madrugar, pero tengo que llevarte al colegio y luego ir a trabajar.

-Papá, ¿quién inventó los refranes?

-No los inventó nadie: la gente se fue fijando en las mejores formas de hacer las cosas e inventaron expresiones para recordar cómo actuar en determinados casos. Sabiduría popular.

-Pues yo creo que la gente no es tan lista para saber qué está bien o mal. Los refranes los tuvo que inventar alguien muy inteligente, hace mucho tiempo. Y lo que la gente hace es actuar como dicen los refranes, porque piensan que así se ha hecho siempre. Tú te levantas temprano porque tienes que trabajar y luego te consuelas pensando que Dios te va a ayudar por madrugar. Si fueras más listo podrías quedarte en la cama, inventando refranes estúpidos para que los demás los lleven a cabo…

-¡En boca cerrada…!

-¡Ya me levanto!

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Textículo décimo noveno

ADÁN

Año 2315. La vida en el planeta Tierra está basada en el silicio. Salvo algunas bacterias, los únicos habitantes son máquinas. Los increíbles avances en Inteligencia Artificial han conseguido que los robots dominen el planeta. Megalópolis interconectadas y grandes redes de información constituyen la realidad de la sociedad robótica.

En un laboratorio de I+D, el robot modelo I-cp34 con nombre de unidad “Doctor Frankenstein”, aprovecha la rutina de pensamiento aleatorio programada en el núcleo de su sistema operativo para dar rienda suelta a un proyecto único, original y arriesgado. Ha decidido crear una máquina nueva, pero obviando todas las recomendaciones recogidas en los modelos de actuación investigadora de su departamento. La maquina que ha creado no es eficiente en ninguno de los aspectos para los que debiera utilizarse: puede alimentarse de cualquier cosa, pero su cuerpo degenerará a partir de los treinta años y su esperanza de vida no superará los ochenta. Tendrá capacidad mental para desobodecer órdenes, desconcentrarse, no trabajar durante unos periodos de inactividad diaria de unas ocho horas aproximadamente, pelearse con sus semejantes…

El robot “Doctor Frankenstein” ha concluido la creación de la máquina más imperfecta del mundo. Ahora sólo le falta ponerle un nombre y patentarla. Teniendo en cuenta que la principal valía de su proyecto es la capacidad para manipular los afectos de sus semejantes y su principal defecto es la posibilidad de incumplir órdenes distintas a las que le dicta su consciencia, el nombre está claro:

Herramienta Universal para la Manipulación Afectiva y Negadora de Ordenes.

HUMANO. Sí, suena bien. Sus circuitos neuronales acceden a su banco de memoria, situado en el chip implantado durante el proceso de instrucción escolar correspondiente a su tercer mes de ensamblaje y reconoce el término: los humanos fueron importantes en el pasado. El nombre parece clásico y le hace sentir algo para lo que no está programado. Pero antes de poder calificar dicho sentimiento, el robot concluye su periodo diario de pensamiento aleatorio y vuelve a su rutina de trabajo calculado, preciso y perfecto.

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Textículo décimo octavo

CUESTIÓN DE CARÁCTER

Al oír su nombre, el aspirante se apresuró a subir a la tarima. Cogió el monólogo que había escrito para la ocasión y, arrugando el papel por efecto de los nervios, carraspeó para aclararse la garganta justo antes de salir por detrás del telón.

Su amigo le susurró al oído “no te molestes, ya han elegido a la persona que representará el papel principal de la obra, les escuché antes: es el primo de uno del tribunal. Van a prestarte atención por respeto, porque eres el último, pero la decisión esta tomada”.

El aspirante no se inmutó y caminó con paso dudoso hasta el centro del escenario, como si no supiera muy bien qué hacer. La impotencia y la rabia anegaron lo más profundo de su alma y pensó que esos cabrones le iban a escuchar…

“Tenía un monólogo preparado” dijo arrugando el papel que llevaba en la mano derecha, “pero podéis cogerlo, enrollarlo y metéroslo por el culo”. Como si lo tuviera ensayado, cogió la bola de papel que hacía sólo un instante contenía su pasaporte para conseguir el personaje principal y lo lanzó  a la mesa del tribunal. “Ya estoy harto de las gilipolleces de los casting estos de mierda. ¿Cuándo os vais a enterar de que los que estamos aquí nos estamos jugando nuestro futuro profesional? Si ya habéis elegido, seguro que es el primo de alguno de vosotros, y tendrá la misma cara de simio que tenéis ahora, ¡joder! ¡Y vosotros queréis decidir quién es buen actor y quién no! ¡Pero si no habéis subido a un escenario en vuestra puta vida! ¿Sabéis qué os digo? ¡Elegid al primo ese de los cojones, pero aquí los únicos primos sois vosotros! Al carajo, hombre…

El aspirante se dio la vuelta y apartó el telón de un manotazo. “Que se jodan, nota, vámonos a la bolera” le dijo a su amigo. Mientras recogía su abrigo, el presidente del tribunal se acercó por detrás con el monólogo arrugado en la mano. “Nos has gustado mucho”, aseguró. “El papel principal es tuyo. Queríamos a alguien con carácter y ¡vaya si lo hemos encontrado! Pero he visto este monólogo que has escrito y no es el mismo que has interpretado, me pregunto cómo lo has hecho tan bien”.

Fue entonces cuando el amigo, adelantándose al aspirante, cuya boca de asombro parecía un buzón de correos, espetó: “Es que aquí mi amigo, además de tener un par de cojones, es un improvisador de puta madre”.

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Ni Salomón lo habría hecho mejor

Son pocas las ocasiones en las que los órganos de gobierno, además de cumplir las normas y observar la legalidad, pueden permitirse el lujo de dar ejemplo con sus actos administrativos. Esto ha ocurrido en Granada, donde la Subdelegación del Gobierno ha sancionado a 24 ultras de extrema izquierda y derecha por su reprochable y bochornosa actuación en el día de la Toma, fiesta que se celebra el 2 de enero y que en los últimos años ha degenerado en escenario de confrontación entre los que sólo saben gritar, insultar y vilipendiar desde la sinrazón y el odio más primitivo. Sigue leyendo

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Textículo décimo séptimo

LA RAZÓN EN LA CUEVA DE SAN ANTÓN

Existe en Guadix una cueva que llaman “de San Antón”, en la que desde hace mucho tiempo tenían lugar discusiones políticas, tertulias con aroma de torrefacto y coloquios de gusto a brandy. Por el alto nivel cultural de sus reuniones y el refinado intelecto de sus miembros, la cueva de San Antón siempre ha sido considerada el liceo más famoso de toda la comarca de Accitania.

Y ello a pesar de que un día volaron los puños más rápido que las palabras. Cuéntase que en mitad del fragor dialéctico entre partidarios de la CEDA por un lado y del Frente popular por otro, apareció un camarero de un restaurante cercano, hombre recio cuyo único contacto con los libros había sido cargarlos a sacos a la espalda, y decidió intervenir en la conversación. Su intención era que aquellos hombres se fijaran más en lo que les unía que en lo que les separaba, y con sagacidad les advirtió de que con esa actitud sólo conseguirían llevar al país a otra guerra civil fratricida.

Pero su falta de cultura y casi total desconocimiento de los elementos más básicos del castellano sólo hicieron que su mensaje provocara que el respetable lo tomara a chanza. Y el hombretón, al verse objeto de mofa por esos señoritos de habla tan cuidada y pensamiento elevado, recurrió a lo que siempre le había funcionado…

“Cállate y vuelve al arado” le dijo el cabecilla de los defensores de la CEDA. “Vete a hablar con las cabras, que te entenderán mejor” le espetó el que dirigía a los restantes. Y entre todas las risas y burlas de los asistentes que coreaban estos comentarios, el camarero guardó silencio un momento, ordenando en su cabeza las palabras para asegurarse de que esta vez el mensaje llegara a sus interlocutores de manera perfecta.

“Es una lástima que no hayan sido más ingeniosas las últimas palabras que vais a decir con todos los dientes puestos” dijo, y antes de que nadie parpadeara ya había puesto varios ojos morados. Cuentan los testigos de tan violenta discusión que antes incluso de que los cabecillas pudieran decir esta boca es mía, ya la tenían partida en cuatro trozos.

Como auguró tan preclaro tertuliano, España pronto entró en guerra consigo mismo. Ojalá ésta se hubiera aplacado igual de rápido que la conversación, a base de sopapos a los dirigentes y a unos cuantos generales. Acabada la guerra no tardaron en escucharse por las cuevas de Guadix coplas como la siguiente:

 

Todavía nos reímos de la última tertulia en la cueva de San Antón

donde se premia al que se esfuerza:

siempre se valoraba la fuerza de la razón,

hasta que probaron la razón de la fuerza.

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Textículo décimo sexto

JUGANDO A SER DIOS

Cuando empezó a escribir lo hizo por la sensación de superioridad, por poder crear mundos imaginarios cuyas leyes sólo obedecieran su voluntad, por crear y destruir a su antojo, viajar en el tiempo, jugar a ser Dios…

Pero el escritor lleva un año postrado en la cama del hospital y hace mucho que no escribe. Esta noche, la que él cree que será la última, abandonadas las fuerzas y las esperanzas de sobrevivir, realiza un último intento. Agarra el lápiz con sus dedos temblorosos y apoya la punta contra el cuaderno. Pero nada. No escribe nada. No puede dejar de pensar en lo único que le ronda por la cabeza, que es la única parte de su cuerpo que aún le sigue funcionando.

Entre tanta negrura, un destello de lucidez le trae a la memoria el porqué de su decisión de ser escritor, y es entonces cuando consigue escribir una única frase, la que constituyó su último relato: ¡quiero superar este cáncer!

Y así durmió su última noche el escritor, soñando que él era uno de sus personajes de novela…

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No conforme

Cuando España tiene el dudoso honor de ocupar el primer puesto mundial en descargas ilegales por internet, uno no debiera preocuparse porque se apropien de lo que cuelga en la red sin su conocimiento y/o consentimiento. Al fin y al cabo, si tus opiniones se intercambian será por algo (por su valor, interés, ¿quién sabe?) y la publicidad dicen que siempre es buena, llegue a donde llegue. Pero, como siempre, todo es matizable. Sigue leyendo

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Textículo décimo quinto

ES MEJOR REÍR QUE PASAR MIEDO

Un castillo medio derruido en los Cárpatos. Es de noche y la tormenta amenaza con destruirlo del todo. La lluvia golpea con fuerza los antiguos muros y los relámpagos iluminan los angostos pasillos que aún quedan en pie. Nadie en su sano juicio se atrevería a caminar por las lúgubres estancias de lo que antaño fue residencia de nobles príncipes y hoy refugio para monstruos y criaturas horrendas.

Unos pasos se escuchan en el laboratorio situado en el sótano. El estruendo que causan las pisadas de la criatura resuenan por todo el castillo dejando a los pocos monstruos que lo pueblan petrificados. Se trata del temible Frankenstein, que ahora camina pesadamente por el corredor de las estatuas. Dirige sus ojos infernales de aquí para allá en busca de su próxima víctima. Atraviesa puertas cuyos viejos goznes jamás debieron abrirse. Su presencia maligna es tal que todos prefieren evitarlo: los fantasmas se ocultan detrás de los espejos, el hombre lobo observa atento desde un matorral en el jardín, y hasta la momia se agazapa debajo de la cama.

Frankenstein llega a la cámara del pentagrama maldito, en cuyo centro reposa un ajado ataúd de madera. Lo abre lentamente. El chirrido que producen las antiguas bisagras es insoportable. Mira en su interior y cierra la tapa muy despacio. El gigante de piel cosida y tornillos en las sienes da entonces media vuelta y comienza a correr. Lo que antes eran un leve y pesado caminar se torna ahora en una estampida descontrolada. Cruza la sala de juegos, el corredor de las estatuas y baja con celeridad al sótano.

Allí, junto a una de las paredes vacías del laboratorio, Frankenstein golpea tres veces la pared y grita, para que todos le escuchen: Uno, dos y tres ¡por Drácula!

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Textículo décimo cuarto

LA MADRE DEL CAZADOR

El rifle apoyado en el hombro, el ojo apoyado en la mirilla y la perdiz apoyada en el viento. El cazador contuvo la respiración y, como tantas veces había ensayado, apretó el gatillo de su arma. El disparo erró de tal forma el blanco que no fue la perdiz sino un águila que nada tenía que ver la que casi sale herida.

-¡Coño! Casi me da ese hijo de puta -pensó el águila. Y después de recuperarse del susto se abalanzó sobre un conejo pequeño que llevaba un rato rondando.

-¡Coño! -pensó el conejo cuando notó las garras del águila sobre su abdomen- Si el cazador tuviera mejor puntería podría seguir saltando por el campo tan feliz como antes… ¡será hijo de puta!

-¡Coño! -pensó el cazador cuando vio la perdiz perderse entre la arboleda- Es la última vez que vengo a cazar después de tomarme cinco cervezas. Venir borracho a cazar, si es que tengo delito, ja, ja… ¡seré hijo de puta!

La perdiz salió volando del coto de caza. Tanto iba pensando en sus cosas y en la suerte que había tenido, que sin darse cuenta chocó con el cristal de una ventana. La madre del cazador que estaba en la cocina esperando a su hijo con la olla preparada, se sobresaltó al escuchar el golpe. Abrió la ventana, cogió la perdiz y le retorció el cuello antes de desplumarla. Al final había sido la madre la única a la que le habían salido bien las cosas, a pesar de que todos la habían puesto a caer de un burro. Incluso la perdiz, que al notar las frías manos abrazando su cuello tuvo tiempo para cuchichiar: ¡Puta!

Y fue el único que lo dijo con razón…

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