¡Vamos a bailar!

Por si alguien pensaba que sólo la música moderna es bailable, vamos a intentar ampliar nuestro repertorio musical y hacer un recorrido, breve, sobre la relación entre música, ritmo y baile, desde el siglo XVI hasta nuestros días.

Os propongo escuchar una serie de obras, desde el Renacimiento hasta el siglo XX, que destacan por tener un ritmo marcado y un carácter esencialmente bailable. La música ha cumplido una función instrumental muy importante a lo largo de la historia, y uno de sus usos primordiales ha sido incitar al baile, motivar (es decir, poner “en movimiento”) a que las personas se relacionen a través de la danza.

Algunas obras que escucharemos eran antiguas danzas, que la gente bailaba como hoy día bailamos una canción pop, bacalao o el mismísimo reggaeton. Es lógico que, habiéndose abandonado estas danzas, el oyente actual tenga un sentimiento extraño y cierta confusión al pensar que la música que cree antigua, estuviera tan viva como para que la gente bailara. Pero debemos situar cada obra en su contexto. Ya no bailamos como en el siglo XVI o XVII, pero podemos escuchar la música de esa época y sentir cómo incita al baile. Este ejercicio es el que propongo con las siguientes audiciones.

Comprobaremos cómo muchas obras nos hacen mover el pie para seguir el ritmo. Otras veces moveremos las manos, incluso la cabeza. Habrá ocasiones, incluso, en que nos pongamos a tararear la melodía, o adoptar una actitud contemplativa para concentrarnos exclusivamente en el ritmo, las síncopas y los contratiempos. Aunque no lo creáis, todas estas son manifestaciones del carácter bailable de las obras que escucharemos. Son otra forma de bailar: danzar internamente, con el espíritu.

Para terminar de retorcer el ejercicio, realizaré la selección musical con la idea de ofrecer obras agradables, melódicas, pegadizas, con ritmos marcados, pero no necesariamente escucharemos obras compuestas exclusivamente para bailar. Algunas, como los scherzos de las sonatas para piano de Beethoven, son deformaciones de los antiguos minuetos, que se escuchan por simple placer estético, sin necesidad de ponerse a bailar.

¡Pongámonos oídos a la obra y a bailar con el espíritu!

Gallarda napolitana, Antonio Valente, siglo XVI

Canarios, Gaspar Sanz, siglo XVII

Giga de la Suite para chelo nº1, J.S. Bach, principios del siglo XVIII

Rondó a la turca (aunque no es propiamente un rondó), tercer movimiento de la sonata para piano Kv 331, W.A. Mozart, siglo XVIII. Sé que esta obra la conocéis todos, pero me gustaría que prestaseis atención a cómo Mozart imita los típicos recursos que los vieneses de la época esperaban de una música de inspiración turca: la percusión, el triángulo y las flautas en su registro agudo. Puede que os cueste imaginar todo esto con un piano, pero quizás este arreglo para orquesta os ayude. Es una maravilla (dudo que nadie la escuche sin notar cómo se le mueven las manos o los pies). Después de escuchar el arreglo, volved a la pieza para piano, y entenderéis por qué Mozart fue el genio que fue, y cómo no podemos subestimar la aparente “ligereza” de sus obras, ni siquiera de las más conocidas.

Cuarto movimiento de la sinfonía nº7, Ludwig Van Beethoven, principios del siglo XIX. De hecho, he elegido esta pieza siguiendo el comentario de Richard Wagner, que afirmó que la sinfonía nº7 del maestro de Bonn era “la apoteosis de la danza”. Dejando de lado las distintas opiniones sobre este comentario de Wagner, sí puedo afirmar que los cuatro movimientos de esta sinfonía se caracterizan por unos ritmos marcados y un pulso musical como pocas sinfonías muestran. Recomiendo su escucha atenta. Incluso el segundo movimiento posee un ritmo que hipnotiza (a pesar de su  tempo lento), y el resto muestra a un Beethoven maduro, dominando el lenguaje orquestal y sinfónico para transmitir toda la energía y vitalidad que caracteriza parte de su obra.

Danza húngara nº5, J. Brahms, siglo XIX. El enlace es para la interpretación con piano a cuatro manos, pero dejo éste para orquesta, también compuesto Brahms.

Zapateado, Pablo Sarasate, finales del siglo XIX.

The Entertainer“, Ragtime compuesto por Scott Joplin a principios del siglo XX.

Vals de la Suite de Jazz nº2, Dimitri Shostakovich, mediados del siglo XX.

La banda de la cantina“, de la Banda Sonoro Original de la película STAR WARS, compuesta por John Williams, finales del siglo XX. He encontrado una interpretación curiosa, para piano a cuatro manos, con el que notaréis mejor el espíritu “Ragtime” que impregna la partitura (¿verdad que os suena a música americana de los años 20?).

 

Bueno, creo que con esto podemos darnos por satisfechos. Buena música con ritmos enérgicos, ya sea para ponerse en pie y bailar o quedarnos sentados en el sofá, relajados, sintiendo cómo nuestra mente sale volando y danza al compás de la música.

Finalizo esta entrada con una cita de San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia Católica, que vivió entre los siglos IV y V. Si alguna vez estáis tan alegres que, escuchando una canción os ponéis a tararearla por el simple placer de abandonaros a la música, podemos decir que cantáis con “júbilo”, con alegría desmedida. Os dejo una reflexión de San Agustín sobre la música, que refleja muy bien ese espíritu, ese cantar con júbilo. Podéis retener el mensaje y eliminar las referencias religiosas, pero éstas no desentonan en absoluto. Hay que saber ver más allá de las palabras…

“Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. El no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera. ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos?

Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.

El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es licito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo”.

Así que, haciendo mía esta profunda reflexión con más de quince siglos de antiguedad, os aconsejo que disfrutéis la vida cantando con júbilo. Todo nos irá mejor.

 

 

 

 

 

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